Si por algo tengo marcada en la memoria la final de la Copa de la UEFA de 2001 en la que derrotamos al Alavés por 5-4, es por su impacto sobre mi percepción del fútbol británico y por el empuje que supuso para aficionarme al rojo por encima de cualquier otro color. En aquellos tiempos, como individuo extraño que he sido siempre, solía entretenerme por mi cuenta con juegos poco comunes como, por ejemplo, partidos de fútbol-chapa en los que me enfrentaba conmigo mismo. Mientras el resto de chavales se reunía en el parque para dar patadas a un balón, o para cambiar cromos, o para lo que fuese que se hiciera en épocas remotas en las que los teléfonos móviles todavía no nos habían transformado en zombis, yo me quedaba en casa, preparaba una especie de mantel verde a modo de terreno de juego y disputaba duelos a cara de perro entre equipos europeos y, en ocasiones, entre selecciones internacionales. En principio, acostumbraba a recrear la liga española, pero una vez vista aquella memorable final de Copa de la UEFA en la que jugadores como Gerrard, McAllister o Hyypiä asombraron al mundo, decidí abrir paso a los clubes ingleses en mi particular teatro futbolístico. Y el primer conjunto que tuvo el honor de ser fundado, en consecuencia, fue el Liverpool.
Cuando eres niño te diviertes con facilidad. Crecer, en múltiples casos, es aprender a no deleitarte con nada. Muchas veces me pregunto si sería capaz de disfrutar jugando a las chapas en solitario en la actualidad como lo hacía por aquel entonces. La respuesta, mal que me pese, parece negativa. Pero tampoco efectúo la prueba, por lo que puedo estar incurriendo en un error fundamental de atribución. Si soy sincero, me tienta la opción de volver a vestir a un grupo de once chapas de cerveza con camisetas rojas y empezar de cero, como a la edad de 12 o 13 años. Probablemente lo haga, y si accedo al plan, por descontado os lo pienso contar.
Cuando eres niño te diviertes con facilidad. Crecer, en múltiples casos, es aprender a no deleitarte con nada. Muchas veces me pregunto si sería capaz de disfrutar jugando a las chapas en solitario en la actualidad como lo hacía por aquel entonces. La respuesta, mal que me pese, parece negativa. Pero tampoco efectúo la prueba, por lo que puedo estar incurriendo en un error fundamental de atribución. Si soy sincero, me tienta la opción de volver a vestir a un grupo de once chapas de cerveza con camisetas rojas y empezar de cero, como a la edad de 12 o 13 años. Probablemente lo haga, y si accedo al plan, por descontado os lo pienso contar.

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