Quiero comenzar este texto dejando bien claro que los cargos honoríficos que se otorgan a determinados futbolistas ya retirados me parecen una inmensa tontería. Teniéndolo en cuenta, es difícil no valorar ciertas noticias con espíritu crítico. Un club de fútbol, además de un equipo deportivo, es un entramado social que genera ideología y sentido de la pertenencia. Y más un club como el nuestro, cuya principal característica reside en el hecho de ser considerado un club de la gente. Por eso, cuando los que llevan las riendas de la entidad toman decisiones al margen de la opinión pública, uno se siente irremediablemente traicionado. El caso es que las altas esferas han llegado a la conclusión de que convenía que Michael Owen volviese a disponer de un vínculo activo con el Liverpool. Estamos frente a una insensatez y un despropósito de enormes dimensiones. Quizás haya personas que, sin conocer la historia, queden sorprendidas ante la rotundidad de mis palabras. Sin embargo, los que vivimos el día a día del club desde hace muchos años, sabemos que Michael Owen es un personaje de infausto recuerdo entre nuestra masa social.
El vínculo que las altas esferas le han concedido al futbolista que en su momento tomó la dramática decisión de olvidar su pasado para firmar con el Manchester United, no es otro que el de embajador internacional del club. De chiste, vamos. Que un tipo que traicionó su trayectoria deportiva vendiéndose al principal enemigo vaya a encarnar el nombre del Liverpool FC por el mundo, resulta desagradable y ofensivo. La respuesta de seguidores, aficionados y simpatizantes es unánime: Michael Owen no nos representa.

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