Tomé la foto que acompaña las presentes líneas en el verano de 2013, durante mi estancia en Londres. La instantánea ilustra la estación de metro más próxima al estadio. Aquel día pensaba en la posibilidad de pisar Wembley alguna vez en jornada de partido. Una posibilidad bastante remota, teniendo en cuenta que vivo en Madrid y que, tal y como anda la sociedad, se hace complicado elaborar planes de este tipo. El hecho de imaginar que mañana podría estar junto a los compañeros desplazados hasta ese lugar al que llamamos Anfield South me emociona. Pero no sucederá. Será que acostumbramos a vivir de ilusiones por encima de cualquier otra cosa. Y es que el fútbol, en general, es una enorme ilusión. Pasamos grandes cantidades de tiempo anticipando lo que supondrá ganar un partido, perderlo o empatarlo, que disfrutando del mismo durante los noventa minutos. Es más, los noventa minutos del choque, con sus correspondientes prórrogas y penaltis, suelen ser una auténtica tortura. Los nervios nos hacen enloquecer. Y mañana no va a ser menos.
Pisar Wembley es ya de por sí un éxito para cualquier equipo inglés, independientemente de sus recursos económicos. Llegar al templo del fútbol mundial implica pelear un título. Y eso lo vamos a experimentar nosotros mañana ante el Aston Villa, en este caso luchando por un puesto en la final de la FA Cup. Llevo tiempo con el partido en mente, tratando de controlar mis nervios, valorando el impacto de ganar o perder. Así somos los aficionados al fútbol. Todo se hace más complicado a sabiendas de que no hay ninguna presencia física alrededor con la que compartir semejante estado emocional. Aunque por otro lado, quizás es lo que lo hace llevadero. Lo único que tengo claro es que voy a sufrir de lo lindo. Y sé que, en el fondo, esa es la verdadera magia de este dichoso y puñetero deporte. Pese a que haya que vivirlo en soledad.
Pisar Wembley es ya de por sí un éxito para cualquier equipo inglés, independientemente de sus recursos económicos. Llegar al templo del fútbol mundial implica pelear un título. Y eso lo vamos a experimentar nosotros mañana ante el Aston Villa, en este caso luchando por un puesto en la final de la FA Cup. Llevo tiempo con el partido en mente, tratando de controlar mis nervios, valorando el impacto de ganar o perder. Así somos los aficionados al fútbol. Todo se hace más complicado a sabiendas de que no hay ninguna presencia física alrededor con la que compartir semejante estado emocional. Aunque por otro lado, quizás es lo que lo hace llevadero. Lo único que tengo claro es que voy a sufrir de lo lindo. Y sé que, en el fondo, esa es la verdadera magia de este dichoso y puñetero deporte. Pese a que haya que vivirlo en soledad.

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