sábado, 28 de marzo de 2015

Exploradores

Llevo bastantes años haciendo uso de las redes sociales y todavía no he terminado de comprender ciertos aspectos que convierten a estas herramientas en las drogas modernas más adictivas. Es curioso ya que, en una época en la que las relaciones entre las personas se deterioran a pasos agigantados, precisamente estos lazos de unión entre seres humanos desde detrás de una pantalla gozan de un éxito sin precedentes. Recuerdo cuando fui al Bernabéu a ver al Liverpool el pasado mes de noviembre, notar como a mi alrededor había un gran número de individuos que, en lugar de prestar atención al partido, no dejaban de mirar el teléfono móvil. Yo alucinaba, porque pagar una entrada a precios de escándalo para después pasar olímpicamente del evento deportivo es, cuanto menos, llamativo. Supongo que muchos de ellos y de ellas estaban con Twitter, Facebook o WhatsApp, contándole a todo su círculo social lo mucho que disfrutaban de un partido que, al parecer, ni les iba ni les venía. O quizás se encontraban subiendo fotos a Instagram, la última red social a la que me he unido y a la que, tras varias semanas, no soy capaz de verle excesiva utilidad. Así funciona nuestra realidad virtual más próxima. Sé que es un avance tecnológico importante, que está cambiando la manera en la que entendemos el mundo y el contacto con los demás, pero no dejo de pensar en que en realidad todo esto no es más que una fachada, que en el fondo y aunque vivamos en permanente conexión, las personas nos sentimos igual de inseguras y de solitarias durante la mayor parte del día a día. Un estadio de fútbol, ya sea el Bernabéu o nuestro Anfield, es un emplazamiento de conexión humana, cara a cara, voz a voz. Y ni con esas estamos siendo capaces de olvidar, aunque sea durante 90 minutos, el dichoso teléfono móvil. Nos hemos convertido en exploradores de un universo virtual que va sacándonos del mundo real a una velocidad desorbitada.

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